El sol se cuela por el empedrado de nubes galopantes e ilumina este modesto edificio levantado desde su ruina para 
transformarse, primero en consultorio médico y sala de Juntas, luego en improvisado bar durante las fiestas de San Juan.

Hoy, en Cabeza de Diego Gómez, 
ya no quedan ni para juntarse los del Ayuntamiento; 
durante la semana sólo vive en el pueblo un jubilado
y una familia dedicada a la ganadería brava.

El camino de tierra que lleva hasta la escuela se sigue 
llenando de charcos con las lluvias del otoño, pero ya 
no quedan pies para pisarlos; también los tropezones 
en los numerosos cantos son ya sólo un recuerdo en la
memoria de unos niños cuya madre, reacia a los 
internados, se sacó el carnet de conducir para llevarlos a la escuela rural más próxima cuando la del pueblo cerró.

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